Soy una nutricionista investigadora de la India y actualmente trabajo en el ámbito de la nutrición clínica y la investigación sobre enfermedades no transmisibles.
Vivir con el síndrome de ovario poliquístico (SOP) y la obesidad ha moldeado mi perspectiva sobre la salud, la atención sanitaria y las realidades que a menudo se esconden más allá de las suposiciones clínicas y las apariencias. A través de mi diario, espero contribuir a que se generen debates más matizados en torno a las enfermedades crónicas, la imagen corporal, la salud de la mujer y el acceso oportuno a la atención sanitaria..
30 Junio 2026
El peso de que te miren
«¿Vas a ser dietista? Pero mírate primero a ti misma. Si no eres capaz de controlar tu propio peso, ¿cómo vas a ayudar a otra persona?»
No recuerdo exactamente qué le respondí a mi tía aquel día, pero sí recuerdo lo que pasó después.
Lloré.
No porque fuera la primera vez que alguien comentaba mi peso. Para entonces, ya había escuchado suficientes bromas, consejos, preocupaciones y críticas. Lo que me dolió no fueron solo sus palabras, sino que ella había dicho en voz alta lo que todos los demás pensaban. No dejaba de preguntarme si eso era lo único que la gente veía cuando me miraba. No mis conocimientos, mi esfuerzo ni los años que había dedicado a estudiar nutrición. Solo mi cuerpo.
Si eso era cierto, ¿qué significaba para el futuro que estaba intentando construir?
Empecé a ganar peso durante la adolescencia. Por aquella misma época, mis periodos se volvieron irregulares. Todos a mi alrededor tenían una explicación: el estrés, los estudios, los cambios hormonales. Son cosas que pasan. Acepté esas explicaciones porque eran más fáciles que plantearme preguntas difíciles.
Luego apareció el hirsutismo (crecimiento de vello facial). El peso siguió aumentando. Durante el confinamiento por la COVID-19, llegué a los 85 kilogramos.
Sabía lo que era el síndrome de ovario poliquístico (SOP), pero nunca pensé que pudiera ser mi caso. Mis menstruaciones eran irregulares, pero no dolorosas. No dejaba de decirme a mí misma que era estrés o que no hacía suficiente ejercicio. Así que hacía ejercicio durante más tiempo, con la esperanza de que, si me esforzaba más, mi cuerpo acabaría respondiendo.
Pasaron años antes de que, por fin, buscara ayuda médica. En parte, el retraso se debió a motivos económicos. En parte, al miedo. Y en parte, a la creencia de que mis síntomas podían esperar.
Cuando las pruebas confirmaron el SOP y un hígado graso de grado I, no me sorprendió.
Por extraño que parezca, me sentí aliviada. Por fin se explicaban años de preguntas que había estado guardándome en silencio.
Hoy en día estoy en tratamiento. He introducido cambios, he perdido peso y he empezado a recuperar mi salud.
Pero los comentarios, las fluctuaciones de peso y el hirsutismo no han desaparecido.
Y tampoco lo ha hecho la suposición de que la obesidad es simplemente el resultado de malas decisiones o de una falta de esfuerzo.
Si hay algo que he aprendido, es que los cuerpos suelen albergar historias invisibles para los demás.
27 Julio 2026
Las razones ocultas por las que esperamos
Cuando le conté a una de mis mejores amigas que me habían diagnosticado el síndrome de ovario poliquístico (SOP), se encogió de hombros.
«¿Por qué te preocupas tanto? Hoy en día todo el mundo tiene SOP».
Luego me contó su propia historia. Había sufrido durante años síntomas premenstruales graves, menstruaciones dolorosas, sangrados prolongados, acné y fatiga antes de buscar ayuda. Otra amiga nunca había tenido problemas de peso, por lo que nunca imaginó que pudiera tener SOP porque, como muchas de nosotras, creía que solo afectaba a las mujeres con obesidad.
En el trabajo, conocí a una paciente cuyo objetivo era perder peso. Ya había consultado a diferentes nutricionistas e intentado hacer cambios, pero seguía teniendo dificultades. Mencionó de pasada que tenía menstruaciones irregulares, acné y caída del cabello, lo que me llevó a mirar más allá de la báscula y recomendarle que se hiciera más pruebas. Más tarde, los exámenes confirmaron el SOP.
Lo que más me llama la atención es lo diferentes que son los síntomas de una persona a otra. Algunas de nosotras podemos tener sobrepeso; otras pueden sufrir dolor intenso. Algunas sangran durante semanas. Yo a veces esperaba meses a que me viniera la regla. Pero todas parecíamos compartir la misma creencia:
«Probablemente esto no sea lo suficientemente grave».
Al reflexionar sobre esas conversaciones, me di cuenta de algo que ninguno de mis libros de texto me había enseñado jamás.
Los síntomas no retrasan el diagnóstico.
Lo que lo retrasa son las ideas erróneas.
«Solo es estrés».
«Al menos tienes la regla».
«Los médicos solo recetan pastillas hormonales».
«Todo el mundo tiene SOP».
Quizá por eso mi propio diagnóstico tardó años en llegar. No fue porque me faltaran conocimientos. Como nutricionista, entendía la relación entre la obesidad, la resistencia a la insulina, el hígado graso, la diabetes tipo 2 y otras enfermedades no transmisibles, pero cuando se trataba de mi propio cuerpo, el conocimiento no era lo que determinaba mis decisiones.
Esa fue una de las lecciones más duras de mi trayectoria.
El conocimiento por sí solo no siempre conduce a la acción. Las emociones, las realidades económicas y las narrativas sociales y culturales también influyen en nuestras decisiones sobre la salud.
Hoy en día, cuando asesoro a pacientes y a sus familias, sigo hablando de nutrición, actividad física y estilos de vida saludables. Pero también escucho con atención las historias que cuentan sobre sus síntomas: las explicaciones que han aceptado, las preocupaciones que ocultan y las razones por las que creen que pueden esperar. Ya no creo que la mayor barrera sea la falta de información.
Si estas conversaciones me han enseñado algo, es esto:
Casi todas las mujeres con las que hablé tenían la silenciosa sensación de que algo no iba bien. No esperábamos porque no nos diéramos cuenta. Esperábamos porque todas las voces a nuestro alrededor —incluso las nuestras propias— nos daban una razón más para desconfiar de esa sensación.
25 Agosto 2026
Las conversaciones que dejamos atrás
Mi trayectoria me ha enseñado que cada cuerpo encierra una historia. Algunas historias son visibles. La mayoría no lo son. Por eso me he vuelto más cautelosa, no solo con mis preguntas clínicas, sino también con mis palabras.
Porque las palabras hacen mucho más que describir un cuerpo. Determinan cómo se siente alguien al vivir en él.
Si pudiera pedirle una cosa a cualquiera que lea esto, sería esta:
Antes de hacer un comentario sobre el cuerpo de alguien, haz una pausa.
No sabes qué historia esconde ni lo que ha tenido que soportar.
Hoy, como nutricionista, esta comprensión ha cambiado mi forma de trabajar. Sigo hablando de nutrición, actividad física y estilos de vida saludables, pero me he dado cuenta de que una buena atención suele empezar antes de dar consejos.
Primero, escucho.
Doy a las personas tiempo y espacio para hablar. Presto atención a lo que se dice casi de pasada. Hago una pregunta más cuando algo no acaba de cuadrar. Cuando creo que es necesaria una evaluación más exhaustiva, animo a la persona a buscarla, le explico por qué es importante y le aseguro que pedir ayuda no es algo que deba temerse ni posponerse.
La tranquilidad es importante. Puede hacer que alguien se sienta menos solo. Pero también he aprendido que la tranquilidad no debe sustituir a la curiosidad.
Echando la vista atrás, no creo que las personas que me decían «Son cosas que pasan» o «Ya se arreglará» tuvieran la intención de restarle importancia a lo que me pasaba. Quizás intentaban consolarme.
Pero a veces, lo más cariñoso que podemos decir no es «No te preocupes».
Es «Cuéntame más».
Me gustaría que las familias se sintieran cómodas haciendo una pregunta más, en lugar de dar por sentado que un síntoma desaparecerá por sí solo.
Ojalá los amigos supieran que decir «a todo el mundo le pasa» puede hacer que alguien se sienta menos solo, pero también puede hacer que buscar ayuda parezca innecesario.
Ojalá los profesionales sanitarios escucharan más allá de la queja evidente, sobre todo cuando un paciente ha aprendido a considerar normales sus síntomas.
Y ojalá fuéramos más cuidadosos con los comentarios sobre el cuerpo de alguien. Puede que veamos una forma, una talla o un peso. Pero no vemos el esfuerzo, la enfermedad, la historia, el dolor o las luchas que hay detrás.
Un comentario puede tardar segundos en pronunciarse y años en olvidarse. Una palabra de ánimo puede quitarle el miedo a alguien... o, sin querer, darle otra razón para esperar.
Así que quizá el cambio que pido sea pequeño.
Haz una pausa antes de comentar.
Escucha antes de tranquilizar.
Pregunta antes de dar nada por sentado.
A menudo pensamos en la prevención como algo que se lleva a cabo mediante pruebas de detección, diagnósticos, tratamientos o cambios en el estilo de vida. Pero la prevención puede comenzar mucho antes: en el momento en que alguien se siente lo suficientemente seguro como para decir «Algo no va bien» y otra persona decide escuchar.
Las conversaciones que mantenemos sobre nuestros cuerpos pueden determinar si buscamos ayuda y cuándo lo hacemos.
Quizás cambiar nuestras conversaciones sea donde realmente comienza la prevención.
Diarios de las ENT
La toma de conciencia comienza en el momento en que dejamos de normalizar nuestro sufrimiento.
Divya Manoj Jagad, experiencia de vida con múltiples enfermedades crónicas, India
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